Era el primer día de curso en las Escuelas Doctor Gandásegui de Galdácano, inicio del Curso 1962. Las madres nos habían dejado a los niños en el inmenso pórtico de aquel edificio situado frente al Ayuntamiento, que habríamos de frecuentar diariamente durante los próximos nueve meses. Muchos niños lloraban, otros vomitaban el desayuno o frecuentaban visitas a los baños. Los que no llorábamos ni vomitábamos, estábamos igualmente acojonados, con esa sensación que siempre produce el primer día de clase.
Una vez separados los niños de las niñas como era costumbre, nos metieron en un aula de la segunda planta a unos cuarenta niños próximos a los diez años. Al rato apareció el Maestro, un hombre de mediana edad, regordete y cabezón. Todos nos pusimos de pié pues algunos ya habíamos aprendido que si no lo hacíamos, nos ponían de rodillas con los brazos extendidos con un tomo de El Quijote en cada mano. Para algunos este sería el único contacto que tendrían en su vida con la obra del genial escritor de Alcalá de Henares. Una vez advertidos por el regordete de las cuestiones de disciplina relativas a horarios y obligaciones, lanzó una frase con solemnidad: A ver, que levanten la mano los que son de Valencia. Inmediatamente, como si tuvieran un resorte en el brazo, se levantaron en aquella clase de cuarenta alumnos, no menos de veintitantos brazos. Yo que estaba situado en la primera fila, quizá por privilegio de veterano al ser ya mi segundo curso en aquella escuela, tuve que girar la cabeza para ver aquel bosque de brazos. Los brazos estaban estirados con las manos extendidas, las caras eran todas risueñas. Es una de esas imágenes que nuestro cerebro guarda en algún lugar de la memoria a largo plazo y que nunca olvidas. Los que no habíamos levantado la mano por tener nuestro origen en Tierras de Castilla como era mi caso o en otras ubicaciones geográficas estábamos en clara minoría. El propio maestro regordete creo que también se sorprendió de ver tantos brazos alzados, algo no cuadraba allí pensó el cabezón. A ver tu! levantó la voz señalando a uno de los brazos, de donde eres ?, de Valencia de las Torres señor, respondió rápidamente el chiquillo. Entonces el Maestro con voz mas elevada y casi con enfado dijo, he dicho de Valencia, no de Valencia de las Torres, bajar el brazo los de Valencia de las Torres, de inmediato, todos los brazos bajaron al unísono, no quedó ni uno solo. En aquel momento, aquel primer día de curso, yo acababa de recibir una lección de geografía. Existía otra Valencia y además con apellido, de las Torres. Entonces el maestro comenzó a disertar sobre la Valencia de la paella y las fallas, la del mediterráneo, la que no tenía apellido, menospreciando de alguna manera a la Valencia con apellido, la que seguramente el mismo desconocía porque siempre que abrió un mapa miraba hacia el este, y nunca se le ocurrió desviar la mirada hacia el suroeste, porque si lo hubiera hecho habría descubierto que hay otra Valencia, que tiene apellido, de las Torres, y que está ubicada en una hermosa comarca que conocemos como Campiña Sur.
Aquel maestro de una sola Valencia sin apellido, no se molestó en averiguar de donde venían aquellos niños, donde tenían sus raíces, por qué se habían desplazado a 800 Kilómetros de su lugar de origen. Para aquellos niños, su Valencia con o sin apellido era evidente, era la única Valencia, porque era su tierra, su pueblo, el lugar donde nacieron ellos y sus padres, y los padres de sus padres, y aquellos chiquillos, por unos segundos se sintieron felices, porque en su primer día de clase de nervios y vómitos aquel hombre regordete que para ellos era la primera autoridad, parecía conocer e interesarse por su lugar de nacimiento. Pronto comprendieron que todo era un espejismo, al parecer había otra Valencia, sin apellido, que no era la suya. Seguramente esa noche les dirían a sus padres que había otra Valencia, que no tenía apellido. Desde aquel primer día de clase me identifiqué con aquellos niños de Valencia con apellido, emigrantes como yo, como la mayoría que poblábamos aquella clase. El regordete cabezón de la Valencia sin apellido no sabía nada de geografía, no sabía nada de un lugar llamado Extremadura, donde hay otra Valencia con apellido, distinta a la suya, pero igual o más importante.
Serafín Pérez Herrero
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